Un domingo cualquiera, una día mas en
el calendario, ocupado para descansar, comer, andar, amar, reír,
llorar para todo aquello que nos apetezca. En este día tengo una
salida, no es mucho, comprar unas cosas, pagar otras; me encuentro en
la calle se acaba el recorrido y voy a buscar un reloj de pared, a la
distancia veo un señor bien vestido, pantalón gris, playera blanca,
cinturón negro, zapatos negros, un poco alto, moreno de
aproximadamente cuarenta años o mas.
A un lado de él la estación del
ferrocarril en donde caminé y viajé hace mucho tiempo. Camina sin
mas, pero llegando a una esquina se queda quieto, observa por todos
lados y regresa rápidamente, sigue observando y sin mas se apresura
a quitarse el pantalón y se sienta a cagar. La sorpresa no solamente
es mía sino de todos los que están acudiendo al tianguis a comprar
la despensa de la semana.
Un grupo de polleros lo observan, el
mientras concentrado en su esfuerzo, un taxista con la llanta
ponchada le mira por unos segundos; son apenas las doce del día.
Aquella persona sigue resoplando de su interior todo lo que le hacia
daño.
Ya que termina de hacer el esfuerzo, se
levanta, se abrocha el pantalón dejando la camisa por fuera;
comienza a andar hacia donde se encuentra el tianguis no sin antes
voltear a ver lo que ha dejado ahí a plena luz del día ante una
multitud que sin creerla a visto como ha expulsado todo aquello. Pero
algo de si no le permite seguir, comienza a caminar un poco mareado,
da media vuelta. Camina como si nada, con el cuerpo recto, mirada en
su camino.
Los guardias de la estación son
informados del hecho. Caminan en persecución del defecante, paso
tras paso se acercan a donde esta la prueba del crimen, de la
fechoría. Uno de ellos se para y mantiene la mirada fija ante el
desperdicio.
Alguno de los polleros dice, ¿lo va a
levantar? Ya se les fue el cagón. La persona había aprovechado para
escabullirse por los vagones del tren.
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