Apenas amanecía era hora de ir a apoyar a una de las familia de la comunidad, en la noche anterior había sucedido una tragedia, la muerte acompañaba de su guadaña mortecina había caído sobre el cuerpo de Ramón. Como es la costumbre era hora de apoyar a las personas que están pasando por ese momento de dolor. Preparo lo necesario el mantel para que no se ensucie mis ropas y un cuchillo por todo lo que se va a hacer. Dejo a los demás descansando. Voy caminando con calma, la vereda está saturada por plantas no ha salido el sol todavía y me da un poco de miedo que salga una serpiente o alguna otra alimaña, sin embargo mi paso no se detiene por nada, la calma de conocer el camino. Paso por la casa de Amadelia para que vayamos acompañadas; ella está lista con lo necesario para ir a apoyar, continuamos juntas, seguimos por aquel camino, vamos platicando y llegamos al rio. Un lugar con mucho espacio, una playa que marca el contorno de las aguas que circulan por Nizanda, agua fresca y cristalina. Mientras que continuamos con la caminata vemos a la distancia un cuerpo. Este nos deja perplejas su silueta es la de una mujer; lleva puesta una manta blanca que cubre todo su ser, caminamos un poco más lento, vemos cómo se va acercando a la orilla del rio y lo cruza sin dejar un camino ni huellas que señalen que estuvo ahí, nosotras saludamos –ya Elena- no se escucha ni una respuesta. Pasa cerca de nosotros y sigue su camino – esa Elena ha de tener prisa- pensamos por un momento. Seguimos andando y en el camino la vemos - lena que tenías porque no nos respondiste allá en el rio” ¿cuándo? Si apenas salí de la casa-. Una escalofrió recorrió nuestras espaldas, no dijimos nada, pero nuestro silencio se convirtió en una gran duda, ¿Qué fue lo que vimos?
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