Estaba caminando por la calle, tenia hambre y recordé que existe una buena taquería.
Paso al banco a retirar un poco de dinero por que no cuento con efectivo. Hago fila por unos minutos, retiro lo que necesito y me encamino.
Tan solo pensar en comer hace que mis estomago sienta los estragos de la falta de alimento.
Cruzo una calle casi vacía. La lluvia hace que todos se escondan en la comodidad de un techo, evitando que sus ropas se empapen.
Cuando estoy a cierta distancia puedo observar a un grupo de ancianos que bajan de una camioneta ya con algunas muestras de camino andado, al igual que ellos.
Paso antes que ellos, el hambre deja aun lado la cortesía. “Uno de carne asada y dos de tripa”. Observo para encontrar un lugar para sentarme y comer.
No me doy cuenta de otros detalles. De fondo música alabando a alguien. Los ancianos toman lugar detrás de mi. Recibo la anhelada comida y empiezo a ingerir. Ellos reconocen la música y la cantan con orgullo, alguno dice “esa canción la canta bien el hermano…”. Sigo en lo mío.
Con el estomago lleno se concentra uno mejor. Ahora puedo divisar a una mujer que raya en la belleza absoluta, quien también pasa a sufrir la misma necesidad de alimentarse. Ella nos esta dando la espalda, así que no le veo el rostro.
El que canta deja de hacerlo y le dice a uno de sus acompañantes “¿nos echamos un volado para ver a quien le toca primero?”. Volteo a verlos. Regresa a Cantar. Me rio internamente. Termino de comer, pago y me voy.
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